Tres esperas y las tres diferentes
entre si. Solo coincidieron en el hecho de que uno tiene el mismo
miedo, un único sentimiento: que sean sanos, que no haya
complicaciones.
Con Karen y Mika estaba prácticamente
sola. El embarazo de Karen fue complicado y sin un compañero que
estuviera al menos para darme la mano, para abrazarme, para transitar
de a dos ese camino. Joven e inexperta en mi primer embarazo la
espera fue difícil.
Con Mika no fue muy diferente pero ya
tenía algunas armas y al no ser un embarazo con sobresalto se llevó
de mejor manera la espera. Pero seguía la ausencia.
Con la llegada de Maty a nuestras vidas
volvía la esperanza, la tranquilidad y la felicidad. Volvieron los
proyectos y sentí que podía alcanzar ese sueño que tenía de
chica, la casa, los hijos, un compañero, cariñoso y respetuoso. Una
familia, mi familia.
En ese seno es que Germán fue soñado,
deseado y buscado.
Era el embarazo soñado, nada podía
salir mal, pero resultó ser una espera amarga y cubierta por la
tristeza por la partida de una de mis hijas.
Cuantos miedos que reaparecieron,
cuanto lloré, pero ahí estaba Maty abrazándome, consolándome y
dándonos mucho amor a los dos.
Le cantábamos y hablábamos y lo
imaginábamos hermoso, alegre e inquieto. Escuchábamos sus latidos,
sentíamos sus pataditas y sabíamos que ante tanta adversidad
llegaba a nuestras vidas para alegrarnos y llenarnos de felicidad.
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